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En algunos barrios de Buenos Aires… Dar lugar al sujeto es sostener la infancia de un niño en los abordajes terapéuticos. (04/2017) [Nou]

autor

Fernando Pedro Maciel

Licenciado en Psicología i Psicoanalista.

Tipología del artículo: reflexión
   

 

Una pareja de padres concurre con su hijo Marcelo de 5 años a un nuevo control neurológico. Luego de una prolongada demora en la sala de espera, habitual en los consultorios médicos de Buenos Aires, la consulta comienza con una actualización de la anamnesis. Marcelo sostiene esa nueva espera deambulando por el consultorio, vaciando las cajas de juguetes que se le habían ofrecido. Pasada  media hora,  llegado el momento de su evaluación clínica, los padres advierten que no está muy predispuesto,  que no es el mejor momento para enfrentarla.

Marcelo está cansado, ha buscado entretenerse con los juguetes, sin poder conseguirlo. Nadie ha intervenido en el despliegue de su supuesto juego hasta ese momento. Sin previo aviso, el afamado neurólogo se acerca a él, intentando entrometerse en sus acciones,  proponiéndole una serie de objetos elegidos arbitrariamente, pero la respuesta es la apatía. Es a partir de ese desinterés por la propuesta, que el “Doctor” intenta regular o controlar la situación acotando la cantidad ofrecida y esto produce un gran enojo de Marcelo.

La consulta se prolonga aproximadamente una hora, de la cual una tercera parte se centra en la observación clínica de Marcelo. El tiempo restante fue ocupado por la actualización que los padres hicieron y la devolución e indicación terapéutica a seguir.

El “Doctor” llega a un dictamen. Sanciona que no hubo cambios significativos, manifiesta su preocupación por la indisciplina del niño, por el desorden que acompaña sus acciones y la falta de lenguaje. Acto seguido, suministra las indicaciones a seguir que surgen de lo observado. Las mismas consisten en la derivación a una serie de espacios terapéuticos orientados por el paradigma cognitivo conductual incluyendo evaluaciones y mediciones acordes de pensar las prácticas en la infancia.

En el momento del fallo los padres intentan relativizar las observaciones, relatando los cambios que se produjeron en casa con ellos, a los que consideran muy positivos y mejoraron la relación con su hijo, dicen:

Nosotros estamos conformes con los tratamientos actuales, ¿son necesarias estas intervenciones doctor? Como le dijimos antes –continúan– vemos algunos cambios importantes en la forma en que nos mira, notamos también una mayor atención de él cuando uno le habla, aunque no siempre. Hace cosas más parecidas a todos los niños, ha comenzado a reconocer algunas letras y números y cambió su forma de dibujar apareciendo cierta intención.

Sin embargo, lo que los padres revelan cambios que ven en su hijo o su conformidad con los tratamientos actuales, no modifica la sentencia del médico, no le hacen falta más elementos que los observados en esos 15 o 20 minutos. Su mirada omnivoiyer le es suficiente para determinar un cambio de tratamientos y sumar otras intervenciones terapéuticas que tengan como “target” modificar conductas y hábitos “inadecuados”, “inadaptados”, y porque no llamarlos por su nombre, trastornados.

¿Qué pueden saber los padres de su hijo con problemas? ¿Cuál es la importancia de su observación contaminada del deseo de que su hijo mejore? ¿Cuál es el sentido de consultar a los profesionales que vienen conduciendo el tratamiento de este niño? Para un pequeño paciente con sus padres, esperar media hora a alguien significa nada. Nadie que es paciente se molesta con la espera. Los niños no manifiestan ninguna incomodidad, molestia, enojo, displacer en la demora en un consultorio: nada de esto modifica el estado psíquico-emocional ni de ellos ni de los adultos. Los padres concurren a consultas de este tipo sin ningún tipo de alteración en su angustia, menos aún, cuando asisten a una evaluación con el neurólogo de un hijo que presenta un problema en su desarrollo.

Disculpen la ironía, pero pienso que es una de las formas de hacer escuchar ciertas verdades. Es más que evidente que lo que acabo de exponer no es posible y que todo niño y sus padres se alteran emocionalmente en las circunstancias a las que allí se aluden. Pero ciertos dispositivos evaluativos o terapéuticos parecen desconocerlo y/o desestiman sistemáticamente de facto los aspectos emocionales aunque en sus discursos siempre estén presentes “teóricamente” con cierta importancia.

“No hay enfermedades, sino enfermos” es un enunciado que se podría entender como un principio dentro de la clínica médica. A pesar de esta afirmación que intenta ubicar lo singular como medular para la clínica, es frecuente que en muchos dispositivos terapéuticos se vea limitado lo singular a los organismos o a las diferencias entre ellos, no haciendo lugar alguno a los aspectos psíquicos entre las consideraciones de la singularidad.

[...]Bueno ustedes fíjense estos tratamientos sólo se realizan en algunos barrios de Buenos Aires. En el resto del mundo se hace otra cosa…

Estas son las palabras del “Doctor” hacia el final de la consulta como parte de la devolución y en respuesta al decir de los padres cuando manifiestan que ven cambios y que quieren continuar con el dispositivo terapéutico interdisciplinario, del cual participa también una lectura psicoanalítica trabajando los aspectos psíquicos de esta problemática.

En estos barrios de Buenos Aires hubo una vez una neuróloga, la Dra. Lydia Coriat,  que se comenzó a preguntar acerca del porqué de las diferencias que ella encontraba en los bebés y niños con Síndrome de Down que le llegaban a su consultorio en el Hospital de Niños de Buenos Aires, ubicado en el Barrio Norte. Esta pregunta, para esta gran neuróloga, no se respondía dentro de los límites de su disciplina. Muy por el contrario, lejos de reducirla a los conocimientos médicos, la dirigía más allá de sus fronteras seguras, evitando dos cosas: un reduccionismo teórico –muy común en todos los discursos hegemónicos–  y la comodidad narcisista, viéndoselas con la incomodidad que genera el encontrarse con los propios límites y el no contar con todas las respuestas.  Dirigió su pregunta a otros discursos como el psicoanálisis, la psicopedagogía, la psicomotricidad, la fonoaudiología, inaugurando así una mirada compleja para el tratamiento de los problemas en el desarrollo infantil. Existía, en aquel momento una sólida hipótesis, hoy irrefutable: que un déficit no se alcanza a explicar solamente por razones orgánicas, sino que es una compleja combinatoria que implica aspectos psíquicos y cognitivos y una cuota de lo inexplicable.

Romper con el pensamiento que reduce y que escinde es cuestionar a la simplicidad como modo de explicar lo que nunca podrá atraparse certeramente y a lo que sólo es posible aproximarse desde discursos que se saben incompletos, necesitados de otros, en tensión: de esto se trata el trabajo interdisciplinar.

Debemos decir que no hay forma de establecer un trabajo interdisciplinario si no es por la vía del reconocimiento del límite, sin el encuentro con la aporía. Sepamos que aquel que ocupa el lugar del pantoporos (todo recurso) nunca se encuentra con el límite de la aporía. En griego clásico, el verbo del cual deriva el sustantivo póros, el verbo peirao, significa "perforar", "pasar por el agujero" y luego figuradamente, "atravesar". El recurso, es producto del trabajo de agujerear, de hacer poros en las fronteras de cada disciplina, dirigiendo preguntas más allá de los propios límites, evitando soluciones reduccionistas, simplificadoras, dando el estatuto de complejidad a los problemas en el desarrollo en la infancia.

En otro lugar afirmamos […] el trabajo interdisciplinario es donde se realiza la transmutación de aquello que, en todo tratamiento se erige como  obstáculo clínico, en la formulación de un problema.[1] y agregábamos que, formular un problema es articular una pregunta sobre aquello que resiste como real, como obstáculo. Subrayamos el término problema dado que para nosotros tiene un valor conceptual.

El problema no sólo implica el obstáculo sino el proyecto, un agujero, un lazar para adelante en búsqueda. Y un problema presupone no tanto una solución, en el sentido analítico, o disolutivo, cuanto una construcción, una creación. Se resuelve haciendo. O dicho en otros términos, un proyecto se resuelve en un trayecto…[2]

El trabajo que se va realizando va demarcando una trayectoria única que va definiendo la singularidad del desarrollo de un problema.

Ahora bien; [...] “Trastorno" es el término con el que se tradujo el "Disorder" anglófono, el que dio lugar a la clasificación del DSM y a la lengua TCC. (No, no es una ciencia, es una lengua que se quiere unívoca, la lengua del silenciamiento del síntoma). En algunos textos todavía pueden leerse los rastros de la traducción de ese "Disorder" en el "Desorden" castellano.

“El "Desorden", pues, está también en el trasfondo del "Trastorno", mejor traducción sin duda para el "Disorder" pero que no por ello deja de pegarse menos al Discurso del Amo. Su etimología nos conduce al "torno" del tornero, a lo que da vueltas de forma regular. El trastorno desordena o revuelve las cosas, es lo que hay que eliminar para que el torno siga dando vueltas.[3]

Centrar el análisis en lo singular es inherente a una lectura terapéutica que descree de los trastornos para saberse implicada en la construcción de lo que recorta como problemas. Desde un enfoque que busca dar cuenta de las diferencias subjetivas en la producción de respuestas en la infancia, problema en el desarrollo no es equivalente a desorden, ni a déficit, sino que es un concepto interdisciplinario que determina una pregunta singular en lo que se hace presente como obstáculo en el desarrollo infantil. El trastorno, el déficit hablan de lo generalizable o categorial mientras que el concepto de problema introduce la dimensión de aquello que aún no tiene un  algoritmo resolutivo.

En algunos otros barrios de Paris, lejanos de Buenos Aires, allá por los años 60 la psicoanalista Maud Mannoní[4] se preguntaba qué ocurría con los aspectos psíquicos en la relación de los padres y sus hijos que portaban algún problema en su desarrollo. Muy valiosos fueron sus aportes teóricos, instituyendo la pertinencia de la intervención de una lectura psicoanalítica tanto en lo que respecta a la atención clínica como investigativa de lo que hoy llamamos los problemas en el desarrollo infantil. Es a partir de la intromisión de esta lectura, que se pueden analizar las conductas que producen los niños que portan algún problema en su desarrollo infantil como singulares, arrancándolas así de las clasificaciones que las conciben respondiendo exclusivamente  a fenotipos conductuales o como patognomónicas de determinados síndromes genéticos o déficits neurológicos, arrasando de esa manera con toda diferencia subjetiva en la producción de cierta respuesta.    

Los padres de los niños que presentan un problema en el desarrollo, igual que cualquier padre, tienen el absoluto derecho y el deber irrenunciable de elegir desde su saber imperfecto de padres (como el de todos) los dispositivos terapéuticos que consideren confiables. Los dispositivos terapéuticos –por su parte– deben renunciar a sugestionar a estos padres, esgrimiendo certezas sobre el destino. Es evidente que cualquier dispositivo terapéutico que deje fuera la necesidad de un trabajo psíquico sobre las preguntas que surgen acerca de la crianza de su hijo con problemas, deja afuera la posibilidad de que sean ellos los que elaboran sus propias respuestas, las únicas válidas como padres.

En algunos barrios de Buenos Aires y también en algunos otros barrios de Paris, Barcelona, Madrid, y de muchas ciudades más, aún resiste una idea. La resistencia es a que sea desmantelada  la singularidad.

Los deseos, el placer, la angustia y el sufrimiento son los aspectos psíquicos a tener en cuenta dentro de cualquier dispositivo terapéutico y fundamentalmente en el tiempo de la primera infancia.

Los padres de Marcelo resisten y no renuncian a ir construyendo el destino de su hijo más allá de las dificultades, sin otorgarle el saber sobre ese destino a ningún oráculo moderno.

[1] Maciel, F. Lo posible y lo imposible en interdisciplina. L´Associació Catalana D´Atenció Precoç. Números 17-18. (diciembre de 2001), Barcelona, España.  

[2] Unamuno M.

[3] Bassols, M. “Síntoma o Trastorno” XlV Jornadas Anuales de la Escuela de Orientación Lacaniana, 2005.

[4] Mannoni, M. El niño retardado y su madre. Paidós. Buenos Aires, 1964.

 

Bibliografia

Bassols, M.:  “Síntoma o Trastorno”: XlV Jornadas Anuales de la Escuela

de Orientación Lacaniana, 2005.

Coriat, H.: “ET Hacedores de bebés”: Escritos de la Infancia, núm.1. Ediciones FEPI, Buenos Aires, 1993.

Enright, P.: “Jugando el jugar de Sofía”: Escritos de la Infancia, núm.8. Ediciones FEPI, Buenos Aires, 1997.

Foucault, M.:La arqueología del saber. Ed Siglo XXI, Buenos Aires, 1970.

Freud, S.:Autobiografía. Obras completas. Ed. Nueva Visión, Barcelona, 1972.

_. La dinámica de la transferencia. Ed. Nueva Visión, Barcelona, 1972.

_. Psicología de las masas y análisis del yo. Ed. Nueva Visión, Barcelona, 1972.

_. Análisis terminable e interminable. Obras completas. Ed. Nueva Visión, Barcelona, 1972.

Lacan, J.:La Ética del Psicoanálisis. Seminario Vll. Ed. Paidós, Buenos Aires, 1988.

_. Los cuatros conceptos fundamentales del psicoanálisis. SeminariXI. Ed. Paidós, Buenos Aires, 1964.

_. El revés del psicoanálisis. Seminario XVII. Ed. Paidós, Buenos  Aires, 1991.

_. Aún. Seminario XX.  Ed. Paidós, Buenos Aires, 1981.

_. Psicoanálisis y Medicina. Intervenciones y Textos. Ed. Manantial, 1986.

Maciel, F.: “Lo posible y lo imposible en interdisciplina”: Revista de l’ ACAP, núm. 17-18, Barcelona, 2001.  

Maciel, F.; Coriat Haydée:Crianҫa: Sujeito na equipe interdisciplinar. Cuadernos do Ninar, Núcleo de Estudios Psicoanalíticos. Recife. Editora Universitaria UFPE, Pernambuco, Brasil, 2004.

Mannoni, M.:El niño retardado y su madre. Ed. Paidós,  Buenos Aires, 1964.

Terzaghi, M.: “Los niños y los diagnósticos: certezas e incertidumbres”: Revista del Colegio de Psicólogos (distrito XI), 2004. Dossier Científico. Medicalización de la infancia, núm.1. La Plata, Buenos Aires, Argentina, 2008.

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